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Historias de Handball 25/10/2006

"El Visionario"

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Prof. Eduardo Ferro

Por esos fenómenos que suelen darse muy de vez en cuando, era uno de los más sagaces jugadores que haya visto en mi vida. De nacimiento fue bizco y Dios quiso que siguiera así hasta hoy día. Los oculistas trataron su defecto haciendo no más que recetarle anteojos. Fue desarrollando - por su capacidad de adaptación a la ?bizcoca?- la virtud de ver dos cosas diferentes al mismo tiempo, una con cada ojo. No se pudo todavía explicar científicamente esta increíble actitud, pero él la tenía. En su cerebro registraba dos imágenes diferentes en perfecto foco y dimensión, pudiendo moverse y resolver los problemas que a otros mareaba, disminuía y limitaba en su diario vivir. Cuando lo mandaron al colegio se las arreglaba muy bien con sus compañeros de banco, pues cuando no estudiaba, no le costaba nada copiarse. En las clases de Educación Física, donde no usaba anteojos y se sentía un igual, notó que tenía una capacidad superior a todos sus compañeros. Sin girar la cabeza tenía una visión panorámica muchísimo más amplia que cualquiera. Comenzó a jugar Balonmano, creció desarrollando las destrezas comunes a todos los jugadores, pero su ?bizcoca? le daba la posibilidad de ver, tanto a derecha como a izquierda al mismo tiempo y con la misma nitidez. Pensó: - Este defecto lo voy a transformar en virtud para el deporte -. Empezó a entrenar su ?bizcoca? y las técnicas apropiadas a tal ?defecto virtuoso?, y consiguió una maestría única e irrepetible, por lo menos hasta ahora, salvo que se ponga alguna vez una escuela de Balonmano para bizcos. La vida, su crecimiento natural y el deporte, lo transformaron en un hombre de 1,86 mts. de altura y de buen físico, jugaba de armador central. Sus rivales no podían saber que iba a hacer mirándole los ojos, la defensa oponente menos, ya que si lo miraban fijamente, hubieran tenido que trasladarse a dos puntos equidistantes de la cancha. Sus compañeros hacían lo suyo, esperando siempre que al verlos optara por pasar la pelota al jugador mejor posicionado. Siempre jugaba mirando hacia adelante, y de sus manos salían los pases más magistrales e inimaginables a posiciones solo vistas por él o por los espectadores en las tribunas. Las marcas personales lo divertían muchísimo. Cuando el rival ocasional se colocaba lo más cerca que podía, él ya sabía lo que pasaba en otro lado de la cancha y como hacer para eludir a su oponente; para que lado girar, que finta hacer. Entonces había que marcarlo más de lejos, por lo menos para que no llegara su pase a algún compañero. Entonces él, muy sagaz, se mandaba solo, y como era muy hábil, siempre la jugada terminaba en gol o penal. Así pasó a ser goleador de su equipo, sin quererlo. Era un jugador imposible de marcar. Sus amagues sacaban de quicio a los entrenadores oponentes, no precisamente por la técnica en sí, sino por lo ridículos que parecían sus marcadores frente a tan hábil bizco. Se buscaron, por los medios más sofisticados de información, si en el mundo había un caso igual, ya que marcarlo era imposible. Algunos videntes normales hasta intentaron ponerse bizcos para poder jugar mejor, pero no lo consiguieron. Le estudiaron todas las mañas que tenía, sus recursos más usados, los defectos más comunes, hasta buscar la forma de eliminarlo del deporte. Le pagaban una operación carísima en no se que país de Europa para que su vista fuese normal. Traslado, operación, internación, medicamentos, etc., ¡gratis! Pero él no quería, decía: Por qué no se ocuparon con tanta vehemencia mucho antes, cuando andaba errante oculista tras oculista, demostrando en el colegio que podía estudiar igual, aunque fuese ?bizcoco?. Los exámenes oculares le hicieron perder hermosas horas con los amigos, su complejo de inferioridad, ¡terrible! Hasta que gracias a la Educación Física del colegio y al deporte pudo superarlo, encontrando en el Balonmano su escape a la timidez y una verdadera meta. Sus padres siempre lo quisieron, pero ahora lo admiraban y lo ponían como ejemplo. Se sentían realizados, igual que él. Al principio, cuando empezó a jugar, sus compañeros lo llamaban ?bizcocho?, ahora algunos también, pero sonaba ese apodo a respeto. Luego, la mayoría lo llamaba por su nombre, agregándole el apodo de ?Visionario?. Sus compañeros le decían a los jugadores que entraban por primera vez al partido: - Tranquilo, vos hacé la tuya que el ?Visionario? siempre te va a ver -. Y sus rivales se decían entre ellos: - No hay forma de saber que va a hacer y lo que va a jugar, es un ?Visionario? -. Sus entrenadores nunca tuvieron que darle una explicación táctica del juego, sólo enseñaban y corregían su técnica individual, luego lo dejaban hacer, estimulándolo con palabras como: - Vamos ?Visionario?, entrá y ganá el partido - Vamos, que estás jugando contra ciegos -, o simplemente ? Entrá y solucioná los problemas que yo desde acá no puedo ver -. Lo querían mucho, y él no sólo los quería, sino que sabía en lo más profundo de su alma, que por ellos: sus compañeros, y por si mismo, le debía al deporte mucho más de lo que de él se esperaba. Y ahora que ya es grande y no juega más, se dedica a enseñar a todos aquéllos que, por esas ingratas cosas de la vida, les dijeron alguna vez de chiquitos que tenían defectos imposibles de curar.

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