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Nacional de Clubes B 17/7/2018

Handball y Flybondi, en primera persona

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Román Bravo

Quizás no tenga que ver estrictamente con handball. Es más una experiencia personal en el ámbito del pasado Nacional B de Montecarlo. Si esperan un análisis deportivo sobre el evento, o una nota periodística, no la encontrarán. Es el relato de quien fue la cabeza de una expedición que tuvo buenos resultados deportivos y un final de viaje muy traumático. 

Tras ser segundos con las chicas y cuartos con los chicos, CF Mitre dejó Montecarlo en 3 combis con 35 personas y un montón de valijas. Quién escribe, entrenador circunstancial de ambas ligas de Honor, vivía su primera experiencia como DT en un torneo Nacional. Acompañado de un cuerpo técnico conformado por 4 personas, salimos por la noche del domingo rumbo a Iguazú para tomar un vuelo a Buenos Aires.

Ya en la ruta, con el objetivo de llegar temprano al aeropuerto, tuvimos el primer inconveniente: La carretera cortada tras un accidente de dos camionetas. Con el saldo de un fallecido, la presencia de bomberos, policía y Prefectura, el siniestro impedía seguir curso y el camino alternativo estaba clausurado para las combis, debido al tamaño de dichos vehículos. Con uno de los PF tomamos la decisión de ir a visualizar la zona para ver qué posibilidades había de seguir viaje. Nos caminamos unas 10 cuadras, con los celulares como linternas, para confirmar que la cosa estaba complicada, pero que podíamos intentarlo. 45 minutos después, tras charlar con las autoridades y choferes, pasamos cuidadosamente por la ruta aledaña y seguimos viaje. Estábamos bien de tiempo.

Llegamos al aeropuerto y todo fue normal. Embarcamos a tiempo y nos ubicamos. A diferencia del viaje de ida, en donde nos pidieron que nos reagrupemos a lo largo de todo el avión, el domingo pasado solamente nos sentamos en nuestros lugares. Éramos 66 pasajeros y la gran mayoría estaba en la parte de atrás. Nos pareció raro, pero no preguntamos. Queríamos volver a casa ya. Todo listo para despegar. Carreteo previo, intento fallido y ruido a golpe.

 La verdad es que sonó fuerte, pero pensamos que era algo normal. Imposible que hubiese sido el tren de aterrizaje subiendo, ya que casi no habíamos carreteado. Personalmente pensé “que rápido levantó vuelo”, casi como haciendo “Willy” en una bicicleta. Freno. Vuelta atrás. Me acerqué a la azafata y al piloto y les consulté “¿Pasó algo?, a lo que ella me contestó “no”, pero que por ahí teníamos que equiparar el peso del avión a lo largo de la máquina. Les comuniqué a los chicos, estos se pararon y se sentaron más separados. Una vez ubicados, risas nerviosas de por medio, llegó el mensaje de bajar del avión.

La realidad es que hasta ahí, imaginábamos algo mínimo. Bajamos, preguntamos, nos dijeron que esperemos las valijas y nos dimos cuenta que la cosa venía para largo. “Esperemos a que venga alguien de la empresa y no nos movamos de acá”, fue la sensata frase de uno de los PF ante el nerviosismo: Ese alguien de la empresa vino y, palabras más, palabras menos, soltó la frase. “El vuelo está suspendido. Lo que pasó fue grave, los reagruparemos en el próximo vuelo, que será 8:20 AM. Les pedimos disculpas”.

Allí comenzó un importante caos, el cual incluyó una primera mala atención de la empresa, que no proveía de alimentos a los 66 pasajeros. Tampoco ofrecía mucha información más de la antes relatada ni un hotel para hospedarnos durante las horas de espera. El ataque de pánico de una jugadora que, literalmente nos dijo, “Yo no viajo en Flybondi”, terminó por dibujar el panorama. Nos dimos cuenta, en ese momento, que pudimos no haberla contado, como se dice vulgarmente. Que el error humano, que el fallo, nos pudo costar la vida a todos.

Con los representantes de la empresa desaparecidos por largo rato y los pasajeros con dudas, lógico malhumor, sueño y hambre, llegamos a las 2:30 AM. El vuelo inicial, vale recordar, salía 12:20. En realidad, el viaje estaba pactado para las 22 horas, pero ese mismo domingo por la madrugada nos informaron del cambio para unas horas más tarde. Tras reunirnos con un nuevo representante de la empresa, este con mucha mejor predisposición y palabra, llegó la cena y la confirmación del vuelo 8:20 AM. Faltaba arreglar qué haríamos con la jugadora que se negaba a viajar, lógicamente, tras su estado de shock y que ya había sacado nuevo vuelo con otra empresa con su propio dinero.

Pedimos un pasaje gratis para uno de los entrenadores que se quedaría con la jugadora, ya que el vuelo por la otra aerolínea saldría a las 14 horas. Tras muchas negociaciones, y cuando digo muchas son muchas, el pasaje llegó. Llegó a las 13:00, 5 horas más tarde de que los planteles de CF Mitre habían tomado el vuelo a Buenos Aires, llegado a El Palomar y estaban en sus casas. Sí, nos fuimos de Iguazú y no estábamos seguros de que nuestro compañero tenga billete gratis para acompañar a la jugadora. Por suerte, a las 16 horas, los 35 integrantes de la delegación estaban en Capital Federal

Por ahí fuimos inconscientes en tomar el nuevo vuelo. Tras seis partidos en seis días para cada equipo, 12 en total para el cuerpo técnico, dormir en el suelo del aeropuerto ya que Flybondi no consiguió hoteles libres, estábamos tan cansados que queríamos llegar a casa. Un par de chicas se quedaron encerradas en un ascensor. Se cortó la luz unos segundos en todo el aeropuerto. Nos quisieron cobrar, en un principio, el agua caliente para el mate. Algunos estábamos nerviosos, todos sufríamos cansancio y malhumor, y algunos, creo, tenían el lógico miedo. La primera experiencia personal en un viaje a cargo de dos planteles de handball fue muy positiva en lo deportivo. Tan positiva como traumática en el viaje de vuelta. Estamos todos bien. Pero pudo ser una catástrofe.

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